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“Los pacientes del estado”
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“Hacer esperar a los pobres es una herramienta de control para el poder”

Dice el doctor (argentino) en sociología de la Universidad de Texas, Javier Auyero.

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La raíz de la palabra paciente tiene dos connotaciones muy relacionadas. La primera habla de quien sufre una enfermedad y tiene una raíz latina “pati” que significa “sufrimiento”.

“Hacer esperar a los pobres es una herramienta de control para el poder que les permite vigilar y castigar. A la vez, genera una subjetividad en los pobres, quienes creen que ‘deben’ esperar y que, en ese sentido, actúan como buenos esperantes”, (explica el autor), que desgrana lo que hay detrás de las esperas y burocracias que utilizan los gobiernos como herramienta represiva pero pasiva.

Hay que agregar que la investigación sobre una población víctima de la polución y la desesperanza aprendida permite hacer una segunda lectura sobre otra recurrente de alienación a nivel latinoamericano. “¿Has notado que rara vez la gente se enoja junta y que este tipo de inacciones son colectivas mientras se experimentan los abusos del poder? “Los alienados esperan soluciones de otros rindiéndose a la voluntad de estos otros. Se convierten así en parias urbanos, es decir, lo opuesto al ciudadano”.

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En este ecosistema de la espera, son los funcionarios, autoridades y dueños de una cuota de poder quienes mantienen en el limbo a estos pacientes del Estado. “A través de pequeños progresos y avances que se informan de manera escueta, pequeñas recompensas que mantienen la expectativa de las personas indicándoles que la espera no es totalmente en vano. Este es el marco de la espera en el que se subordina aún más la espera simbólica”, con la ayuda a cuentagotas que suelen recibir pobres o damnificados que reciben por cuotas bonos, subsidios o materiales de construcción.

¿Cómo se ejecuta en la práctica “el capital político” de hacer esperar al otro?

Eso uno lo registra en la voz y experiencia de los ciudadanos, en el sentido de que tienen que verse sometidos cada vez que la acción de esperar o estarse quieto es una orden. El subordinado lo hará pues sabe que reclamar no sirve de nada. Incluso, sabe por experiencia que el que se pone díscolo es enviado al final de la fila. “Si a mí me ordenan que espere 10 horas y al final me piden que vuelva mañana, es algo que tendré que hacer.”  Pero esas esperas tienen consecuencias, quieren decir que tengo que pedir permiso en el trabajo o dejar a mi hijo al cuidado de su hermano o la abuela; esto hace que el Estado precarice aún más la vida de los más pobres en aras de ofrecerles un beneficio mínimo. Esas esperas no son inocentes; si pierdo mi tiempo, pierdo también el tiempo de hacer muchas otras cosas.

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En estas interacciones la política deja de ser algo inmaterial y se convierte en algo concreto y fantasmagórico a la vez. Las esperas infligidas están investidas por una idea cotidiana, una idea de que es normal y práctico estar bajo la lluvia esperando por un micro que tarda dos horas en llevarme del trabajo a casa. Esa lógica de que “todos saben que los pobres deben esperar” es la misma lógica tras la dominación masculina que es conocida como patriarcado. Es visto como algo normal, validado incluso para los evangelios de las iglesias. Algo que está ahí y que ya casi ni se cuestiona. Algo inscrito en el orden de las cosas, algo no sólo natural sino necesario, pues si quieres algo debes esperar.

La una carga subjetiva de la espera: al final todos esperan lo mismo, pero por distintos objetivos

Respecto a los pobres los sectores medios deben esperar por otro tipo de servicios. Si uno mide cuánto tiempo esperan en el espacio social, una sala de emergencias, una evacuación, una oficina de pagos y otros trámites del Estado, uno se da cuenta de que los que menos tienen, tienen esperas infinitamente superiores a la de los sectores medios. Uno suele esperar por una licencia de conducir y se queja, pero no solo es la cantidad de tiempo lo que los demás sufren, sino la incertidumbre involucrada en esa espera. La espera de los más pobres es mucho más incierta y cargada de un no saber qué va a pasar y ahí se les va la vida muchas veces. Literalmente.

 

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