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Lula y el destino de la integración
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Las fuerzas políticas de la derecha latinoamericana que volvieron a la conducción de varios países de la región, no sólo anidan en sus cúpulas gubernamentales, dejando caer el peso de medidas antipopulares que concentran la renta en la menor cantidad de manos posible, también mantienen una persistente cacería mediático-judicial contra los que enfrentan a los gobiernos desde el campo nacional y popular. Todos ellos, miembros de partidos o movimientos que, en mayor o menor medida, cuando gobernaron redistribyeron ingresos, elevaron los niveles de justicia social y alentaron la integración regional.

La “restauración conservadora” intenta descabezar toda organización política de los sectores populares para facilitar su fragmentación, y evitar que aparezcan nuevos representantes, sea por desprestigio o por temor. El “argumento” es unilateral: la corrupción (pocas veces comprobada judicialmente). El modo de actuar también es uniforme; una feroz campaña mediática, que gracias a la concentración de la propiedad de los medios casi no encuentra resistencia y permite establecer falsas (o incomprobables) verdades. Le sigue la creación de causas judiciales que carecen de sustento, pero que cuentan con alguna simpatía de sectores medios (generalmente) de la sociedad manipulada.

Todo el mundo cree saber que Maduro, Cristina, Lula, Dilma y Correa son corruptos; lo que nadie sabe es por qué. Al día de hoy, el caso más emblemático es el de Lula en Brasil, tanto por su cercanía temporal como por tratarse de la economía más grande de Latinoamérica; novena en el mundo (conforme al PBI).

Pero tampoco es cuestión de martirizar dirigentes, desligarlos de la responsabilidad que les corresponde, o convertirlos en víctimas de la injusticia. Ni la ambigüedad ni la tibieza tienen lugar en la política. Menos aún, cuando los que están en frente son de los malos en serio. De esos mismos que respaldaron los golpes de Estado y las dictaduras de los ’60 y ’70, cuya biblia es el Convenio Constitutivo del FMI y cuyo dios es el dinero, en palabras de Francisco. Hoy, lo único que modificaron ha sido el modo de operar.

Por lo anterior, corresponde denunciar errores y ambivalencias políticas que las llamadas dirigencias de izquierda cometieron a lo largo de la última década. En el caso de Brasil, el mismo PT negoció para que al cargo vicepresidencial fuera a parar Michel Temer, representante de la banca especuladora y la CIA, que luego traicionó a Dilma… Hoy nos mantiene en vilo el impresentable juicio a Lula, por haber recibido supuestamente un departamento a modo de soborno por parte de la constructora OAS. Numerosos juristas internacionales afirman que no hay documentos que puedan justificar la imputación.

En Ecuador ocurrió algo similar. Correa cedió el bastón presidencial a Lenín Moreno, quien posteriormente lo denunció por hechos de corrupción y propuso un referéndum que busca echar por tierra las justas reformas sociales encauzadas por Alianza País.

El caso argentino da más que decir. El kirchnerismo cayó en el error de recostarse en los ingresos devenidos del aumento del precio mundial de las materias primas, quitando importancia a proyectos que buscaran modificar y diversificar profundamente la matriz productiva nacional (reconversión de la renta agraria en renta industrial a través de la intervención estatal en la economía). Se sumaron a esto la falta de preocupación por reformular el sistema tributario regresivo y por hacer cumplir la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, luego vetada por Macri. Sin lugar a dudas el resultado de las elecciones de 2015 habría sido distinto si el Grupo Clarín hubiera contado con las limitaciones que esa legislación imponía. Por último, la poca y mala conducción de buena parte de las expresiones políticas del campo nacional, devino en su fragmentación y en la derrota en las legislativas de 2017.

Debido a la suma entre errores propios y ataques surtidos externamente, varios partidos y gobiernos populares de la América Morena decayeron y hoy son perseguidos. Lo más grave es que todos vivimos cada vez peor y en sociedades más injustas.

La importancia geopolítica de Brasil en América Latina agiganta la relevancia que tendrá el dictamen de mañana miércoles 24 de enero, que decidirá si Lula puede o no ser candidato en las próximas elecciones presidenciales, siendo por lejos quien mayor intención de voto tiene en todas las encuestas. De ello depende, en buena medida, que la región dé un paso adelante hacia la integración y la emancipación, o uno atrás, hacia la fragmentación y la dominación./

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