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La atención, el commodity más codiciado
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La vidriera está más llena que de costumbre. Los especialistas le llaman la “era de la distracción”. ¿Será por eso que cada vez nos parecemos más a Dory, la desmemoriada amiga de Nemo?

Al fin algo en lo que seguramente habrá absoluto consenso y cero peligro de grieta: ya nadie tiene la receta de nada. Mucho menos la del éxito. Sí existen todavía acciones y reacciones de manual que de tan predecibles no producen el efecto de antaño, pero lejos están de garantizar que demos en el blanco.

El mayor desafío, no sólo de los medios de comunicación, consiste en conquistar la atención del otro. Esto vale hasta para las relaciones interpersonales. El recurrente “dejá un segundo el celular y escuchame” se escucha por caso tanto de una madre al hijo como en cualquier pareja donde uno demanda una señal de que no está monologando en vano.

Esta dispersión generalizada, propia de una época que nos atiborra de opciones para todo, se termina pagando caro en conflictos personales, laborales, políticos, y hasta, por qué no, existenciales.

Los estudiosos de estos comportamientos son más específicos, por eso hablan de que atravesamos entre fascinados y molestos la “era de la distracción

No poner el foco en la atención impacta en la memoria. No es casual que nos identifiquemos tanto con Dory, la encantadora pececita azul de Disney con serios problemas para retener el más mínimo detalle.

Imitamos

 

Atención, el neurocientífico Facundo Manes nos lo explica con su habitual claridad: “La atención es un proceso cognitivo clave para llevar a cabo día a día nuestras acciones y también para el ejercicio de funciones mentales superiores como, por ejemplo, la memoria… La atención es un recurso con capacidades limitadas. Cuando estamos frente a dos fuentes de información complejas, la eficiencia de una decae frente a la otra. En un contexto como el actual, en donde vivimos en un constante bombardeo de estímulos (mensajes electrónicos, chats, noticias instantáneas, llamadas de teléfonos, redes sociales), la preocupación por la atención se ha vuelto exacerbada”.

Como uno de los procesos involucrados en la atención consiste en filtrar lo importante de lo que no lo es, en definitiva no sería tan grave -traduciendo a Manes- ya que nuestra desatención implica a su vez focalizar la atención en lo que sí nos interesa.

La atención, entonces, está directamente vinculada al interés y es ahí donde más difícil se torna descifrar al otro. Seducirlo. Sin duda que una pista, mas no la clave del éxito absoluto, está en ese flujo de información codificada que sirve cómo base para vender desde un perfume hasta un candidato o un serie de tevé.

Hace 20 años, el norteamericano Michael Golbhaber escribía un artículo que sería la base de su famosa teoría de la Economía de la atención. Allí planteaba que pasaríamos de una economía de “base material” (donde la moneda es el dinero) a una “economía de la atención” (donde la moneda es la capacidad de atraer, retener, despertar deseo e inquietud por contenidos, productos, servicios). Un mercado donde el bien escaso por excelencia sería la atención de los usuarios. Sí, lo dijo en 1997.

Para Goldhaber, las redes sociales están modificando nuestras pautas de consumo, lo que significa que “una gran cantidad de información crea una pobreza de atención y una necesidad de asignar esa atención eficientemente entre la sobreabundancia de fuentes de información que podrían consumirla”.

Ese problema generalizado de atención implica el desafío de encontrar estrategias más eficaces para captarla. Una esforzada tarea de ensayo y error que desvela tanto a un maestro frente a la clase como a quien pergeña una campaña para el candidato de turno o a los periodistas que aportamos nuestra generosa cuota al tsunami informativo de cada día. En otras palabras, romper la vidriera llena.


por Rúben Valle (MDZ)

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