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Hawking y la ciencia al servicio de la humanidad
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La noticia de la muerte del célebre físico se reproduce en medios de todo el mundo. Su enorme intelecto y estudios sobre el universo lo llevaron a un reconocimiento mundial. Sin embargo, poco se dice de su intención de llevar el conocimiento sobre el cosmos a la común de las personas y el papel que debe jugar la ciencia en beneficio de la humanidad. En especial a la hora de cuestionar la existencia de un orden que se impone como absolutamente inmutable.

Los conocimientos humanos están íntimamente ligados, de forma tal que un cambio en uno de ellos impacta en el resto.  Es así como el conocimiento sobre lo que nos rodea, también afecta a cómo pensamos nuestra sociedad. Ahora bien, grandes sabios y estudiosos han sido desacreditados en su momento por sus pares y las clases dominantes, por el sólo motivo de proponer una forma distinta de entender el mundo.

“Nada de lo que es Humano me es ajeno”

Cuando Copernico y Galileo cuestionaron el modelo ptolemaico geocéntrico y proponer el heliocentrismo, se enfrentaron a un cuerpo de ideas que eran la base del aparato cultural dominante. En su momento, las autoridades del cristianismo proclamaban el orden inmutable de las estrellas y la vida, deduciendo de ello un orden social de clases de carácter incuestionable. Como sostenían también faraones, sacerdotes y reyes hace milenios. Proclamar que la providencia divina otorgaba a la nobleza el poder y sumía en la opresión a los demás, era un reflejo del supuesto orden natural.

Newton y los físicos que le siguieron, al cuantificar las fuerzas que mueven el universo, no sólo diseccionaban la luz, la gravedad o el magnetismo. Sus nuevas explicaciones corrían el velo sobre las formas en las que actuaba la naturaleza, las explicaciones del mundo ya no eran secretos manejados por una casta que monopolizaba un conocimiento esotérico. El devenir de lo que nos rodea podía ser estudiado y se podían aplicar sus principios para, en algún momento, modificar la realidad.

Con la llegada de Darwin, el origen y estado de la vida deja de ser inmutable. Ya no respondía a un plan divino ni era estático. Pero la evolución de la vida tampoco era un progreso lineal, sino una ramificación y mestizaje.

Marx, que era antes de todo un político, agregaría a la cuestión: “No existe un medio ambiente natural independiente del hombre: la naturaleza sufre siempre su acción transformadora y a su vez lo afecta y determina en un proceso dialéctico de acciones e interacciones.

La historia del hombre ha sido la búsqueda constante de instrumentos y formas de establecer relaciones con la naturaleza y, a través de este proceso histórico, la ha ido utilizando y adaptando a sus necesidades. Dicha modificación permanente de la naturaleza afecta al mismo tiempo al hombre, originando cambios en sus condiciones de vida y en las relaciones con sus semejantes.”

Ya en el siglo pasado con Einstein, cambia la misma esencia que da sentido y orden a nuestra realidad, las reglas del espacio y el tiempo constantes e inalterables. Ya no dos conceptos separados sino una unidad (espacio-tiempo) que se modifica según los elementos y fuerzas que actúen en ellos. Bohr sumaría después que ya no hay resultados absolutos ni determinismos en la base misma de la existencia.

Ninguno de todos ellos fue reconocido en el momento por sus pares ni por aquellos que detentaban el poder. Fueron todos cuestionados y muchos de ellos perseguidos. Sólo unos pocos encontraron la aceptación ya en edades avanzadas y la mayoría después de su muerte.

“Y sin embargo se mueve”

Hawking colaboró en eliminar otro imposible del conocimiento científico. Antes se creía, que en ciertas zonas del  cosmos, había objetos cuya masa era tan grande que generaba un campo gravitatorio que impedía que escapara de él la materia o la luz. Luego de un brillante estudio, Hawking concluyó que ciertas formas de energía podían escapar de estos agujeros negros, que son de los fenómenos más poderosos del universo. Cuestionando así un absoluto que imponía la cátedra universitaria, en un descubrimiento que sería la base de su fama.

A los 21 años le diagnosticaron una enfermedad terminal y le dieron 2 años de vida. Vivió hasta los 76 años, acertando y errando como muchos de los anteriores. Por lo que poco creía en un absoluto universal: “Me he dado cuenta que incluso las personas que dicen que todo está predestinado y que no podemos hacer nada para cambiar nuestro destino, igual miran antes de cruzar la calle”.

Sin embargo, en vez de encerrarse en un cerrado cinismo académico, pero en su versión más humana y por ello la mejor, advertía uno de los problemas más importantes que nos atraviesan: “El peligro radica en que nuestro poder para dañar o destruir el medio ambiente o a nuestros pares, aumenta a mucha mayor velocidad que nuestra sabiduría en el uso de ese poder”

“Es ya muy difícil evitar un cataclismo en el planeta Tierra en los próximos cien años (…) Las graves amenazas que nos acechan son que nos estamos situando al borde de una segunda era nuclear y este cambio climático sin precedentes.”

Es éste desafío y reflexión lo más importante que dejó. La ciencia a veces es más que los enormes logros individuales o la promesa de un futuro de progreso abstracto. En ciertos momentos de la historia, los descubrimientos no son sólo conocimientos novedosos. Sino que demuestran la posibilidad de transformar la realidad, de convertir lo imposible en posible. Un desafío que produce, entre otras cosas, argumentos para la esperanza. Aquella que nos ayuda a pensar y construir un futuro mejor.

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