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¿El modelo es McDonald’s?
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Por José Antonio Oviedo*

Aunque las estadísticas son confusas, el panorama del mercado laboral confirma una baja de los niveles de empleo desde la llegada del macrismo al gobierno, que contrasta con la mejora –al comienzo sostenida, más lenta luego– durante la década anterior. El riesgo es que el gobierno apele a las herramientas de los 90 para enfrentar el problema.

a discusión acerca del mercado de trabajo está más presente que nunca, a pesar de lo cual su diagnóstico genera más dudas que en ningún otro momento. Las aproximaciones en general están teñidas hasta el mínimo detalle de la disputa más amplia entre el kirchnerismo y el macrismo, entre los que acusan de “no crear empleo en los últimos cinco años y ocultar la desocupación mediante empleo público” y los que denuncian que “vienen por tu empleo luego de que se crearan 6 millones de puestos de trabajo”. Desde estas miradas, cualquier dato o argumento nuevo es resignificado de modo de reforzar la lógica argumental de unos y otros. No es novedoso: como enseña la sociología, las ideologías y los intereses de clase determinan la percepción.

Aquí no nos proponemos derribar ideologías ni prejuicios sino intentar desandar los argumentos, exponer la evidencia y evaluar si la realidad laboral que vivieron amplios sectores de la sociedad en los últimos años y que viven en la actualidad está más cerca de una visión o de la otra. La información permite llegar a cuatro conclusiones básicas que analizaremos a lo largo de la nota. Una: el nivel de empleo ha sufrido un ajuste significativo desde el triunfo del macrismo, aunque los datos son todavía insuficientes para determinar su magnitud exacta. Dos: desde fines de 2002 se crearon millones de puestos de trabajo, mayormente formales y con derechos, pero entre 2007 y 2011 este aumento fue volátil, y desde 2012 se hizo más débil, aunque sin destrucción de empleo durante las crisis. Tres: el problema del empleo pasa por la economía y no por la institucionalidad laboral, es decir las leyes y las normas que rigen el mercado de trabajo. Y cuatro: el macrismo tiene un enfoque neoliberal para la economía, que ya está implementando, y uno similar para el mundo laboral, que le va a resultar más difícil implementar.

En este último aspecto interviene una enseñanza de la razón peronista que el kirchnerismo parece haber olvidado: más allá de la ideología y los relatos están los hechos, y aunque algún macrista pueda soñar con un mercado de trabajo totalmente desregulado al estilo norteamericano o neozelandés, el contexto social, cultural y político argentino no permitirá llegar a eso.

Los datos

Las encuestas del INDEC permitían medir la evolución del empleo, el desempleo, el empleo asalariado no registrado y la pobreza; ninguno de estos índices podrá conocerse hasta que se retome la publicación de los datos, lo que posiblemente desencadene un debate sobre su credibilidad. Si apenas se conoció la intervención del INDEC se cuestionaban sólo los datos de pobreza, pronto los indicadores laborales también empezaron a ponerse en duda. En relación al desempleo, por ejemplo, muchos creen que es mayor que el último índice informado en 2015: 5,4% para el total urbano medido por la Encuesta Anual de Hogares Urbanos. El porcentaje evidencia un llamativo descenso, de 1,6 puntos porcentuales, respecto al año anterior, considerando que la serie de los últimos cinco años mostró valores que se habían ubicado entre el 6,6% y 7,4% y que nunca habían variado, para arriba o para abajo, más de medio punto. Los relevamientos comparables, como el que elabora el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, muestran valores diferentes a los del INDEC.

En este marco, algunos temen que el “apagón estadístico” ordenado por el gobierno de Macri sea utilizado para que, cuando se reinicie la publicación de los datos, se modifique el nuevo punto de partida dibujando una realidad más negativa. De este modo, la intervención del INDEC durante el kirchnerismo no sólo ha dificultado la discusión sobre la evolución de la economía y el trabajo –no se sabe a ciencia cierta qué pasó con el PIB, los precios, el desempleo o la pobreza– sino que puede funcionar como un cheque en blanco para el macrismo.

Entonces, ¿con qué tipos de datos contamos? Dada la situación del INDEC, los datos oficiales provienen del Ministerio de Trabajo a través de dos fuentes: la Encuesta de Indicadores Laborales (EIL) y los datos de empleo privado registrado en el Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA) elaborados por el Observatorio de Empleo y Dinámica Empresarial (OEDE). Se trata de los mismos datos que usaba el kirchnerismo para defender su gestión y que los funcionarios del actual gobierno también tomaron como ciertos. El jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el ministro de Trabajo, Jorge Triaca, han recurrido a ellos en más de una oportunidad. En una conferencia de prensa del 25 de abril, por ejemplo, Peña citó ambas fuentes para explicar que “no estamos ante una situación de emergencia (laboral) en Argentina”, mientras que Triaca habló de “datos objetivos y concretos” (1).

El problema es que ambas fuentes captan sólo una parte del universo laboral, el empleo privado registrado. La EIL –una encuesta por muestreo, es decir que tiene margen de error estadístico– considera empresas de 10 empleados y más en 8 grandes aglomerados urbanos. Los datos del SIPA incluyen a toda la población asalariada privada registrada y no tienen margen de error porque provienen de las declaraciones que hacen los empresarios a la AFIP, con el CUIT de sus empresas y con el CUIL de sus empleados: de ahí salen los aportes y contribuciones que se recaudan y luego se distribuyen a la ANSES, las obras sociales y a las Aseguradoras de Riesgo de Trabajo. Esta información, originalmente administrativa, puede transformarse en datos a ser analizados estadísticamente. En este caso, los errores pueden deberse a problemas en la confección de las declaraciones de los empresarios, pueden ser tardías –uno, dos, tres meses– y puede haber “rectificativas” que cambian lo ya declarado.

Los datos de empleo público son más complicados. En las encuestas y censos están incluidos, pero si se quiere mayor precisión en su evolución y detalle sobre sus características se requieren otros registros. Lo más simple, un SIPA del empleo público registrado que considere los aportes de los trabajadores del sector, simplemente no existe: hay 13 provincias que tienen su propia caja jubilatoria y no informan al SIPA, así como tampoco lo hacen las Fuerzas Armadas y de seguridad nacionales. Los datos del universo de empleo público que sí es declarado a la AFIP (alrededor del 50% del total) son difundidos por el INDEC y a veces se usan en los medios. El problema es que no contemplan a monotributistas contratados directamente ni a los contratados a través de universidades u otras modalidades flexibilizadas que también se utilizan en el Estado. Otra fuente relevante es la que usa el ministro de Modernización, Andrés Ibarra, que publica el Ministerio de Hacienda trimestralmente, pero corresponde solo a los empleados bajo la órbita del Poder Ejecutivo Nacional.

Finalmente, los datos de despidos, aquellos que en general se escuchan en los medios, provienen de consultoras, centros de investigación frecuentemente con afinidades partidarias explícitas, cámaras empresariales y sindicatos. Estos datos se construyen en general con información de prensa y en algunos casos mediante contactos directos con cámaras, sindicatos y empresas. De aquí surgieron en distintos momentos los informes que señalaban entre 100 mil y 150 mil despidos desde el cambio de gobierno. Este tipo de información, que se elabora muy velozmente, tiene la ventaja de sumar empleo público y privado de todo el país, pero su consistencia es menor que la de las otras fuentes. Por ejemplo, no registra el número neto de trabajadores despedidos, es decir el resultado de aquellos que perdieron su trabajo y se reincorporaron luego de procesos de negociación, porque la visibilidad mediática de los despidos es mayor que la de las incorporaciones.

Claves de lectura

Cuanto peores datos tenemos tanto más sutil tiene que ser la interpretación. Cualquiera que haya leído los análisis sobre el tema se habrá preguntado qué tan difícil puede ser decir si, al final, el empleo subió o bajó.

La primera cuestión es preguntarse por la fecha. ¿Datos de cuándo? La mayoría se quedó en 2015. Los últimos datos de SIPA-OEDE, por ejemplo, correspondían a febrero de 2016, y recién a fin de mayo se publicaron los de marzo; los de la EIL refieren al primer trimestre de 2016. Y en ninguno de los casos, como ya señalamos, incluyen al empleo público.

Otra complejidad es que el mercado de trabajo cambia con las estaciones, es decir que tiene estacionalidad: siempre hay más empleo en el cuarto trimestre de un año que en el primero. Por eso se recomienda hacer comparaciones interanuales, entre períodos iguales de diferentes años, enero vs. enero o primer trimestre contra primer trimestre (o, si hay datos anuales completos, comparar promedios de un año contra los del siguiente). Mirar la tasa de desempleo del cuarto trimestre y la del primero del año siguiente –comparar por ejemplo el final del kirchnerismo con el comienzo del macrismo– es incorrecto si no se desestacionalizan los datos.

Pero, además de los períodos, también hay que considerar la dinámica del mercado de trabajo: tasas brutas, netas, altas y bajas de empleo, desvinculaciones y despidos. La rotación es muy alta, sobre todo en determinadas edades –jóvenes– y en determinados sectores productivos –construcción–, es decir que cada mes entra mucha gente a trabajar y cada mes sale mucha gente de trabajar. Por ejemplo en la EIL, en cada trimestre, tanto las entradas como las salidas representan algo más del 2% del stock. Es necesario considerar el resultado neto.

¿Qué pasó?

Los datos de SIPA-OEDE informan que la cantidad de puestos de empleo privado registrado es de algo más de 6,5 millones. Como muestra el cuadro, a partir de 2003 el crecimiento porcentual fue sostenido, salvo en 2009 por efecto de la crisis. También se ve cómo, a partir de ese año, el aumento se desaceleró. La serie termina en 2014 porque los nuevos datos publicados, por ahora, no continúan la serie de puestos sino que publican trabajadores (que pueden tener más de un puesto). Esto está reflejado en la segunda columna del cuadro. El cambio de criterio nos lleva a la necesidad de estimar una nueva serie, reflejada en la tercera columna.

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La evolución discursiva del macrismo, quizás vinculada con una ampliación de sus círculos de socialización, pasó de denunciar la “destrucción de puestos de trabajo” durante el tramo final del kirchnerismo a admitir que el empleo creció, pero poco. Para reforzar la idea de estancamiento, el gobierno afirma que el empleo aumentó pero menos que la población que busca trabajo. Así se concluye que desde 2012 el empleo creció sólo 0,5% en promedio por año. Como el aumento de la población fue de 1,2% al año, según el argumento de los funcionarios macristas, la economía kirchnerista no llegó a crear los puestos de trabajo necesarios para cubrir el aumento de la gente en edad de trabajar.

¿Fue realmente así? ¿El empleo creció menos que la población empleable? La columna de datos estimados (tercera del cuadro) fue hecha para esta nota siguiendo el nuevo criterio de medir trabajadores en lugar de puestos, pero no toma los datos de marzo –que son pertinentes para la comparación 2015-2016, pero un pobre reflejo de lo ocurrido en varios años– sino el promedio anual. Se evalúa también la variación porcentual anual de empleos y población (que estimamos más alta). La conclusión es que, entre 2010 y 2015, la población creció 1,3% y el empleo 1,7%. O sea que, contra lo que sostiene el gobierno, si se reconstruye la serie de manera correcta, se confirma que el empleo aumentó más que la población (empero corresponde aclarar que si se observara la evolución arrancando un año después, en 2011, el valor de los empleos caería al 1%).

Entonces, más allá de que se podría jugar con estos números de diferentes maneras, algunas conclusiones parecen claras: en los últimos años, aunque no en todos, se creó empleo privado, y en varios de ellos a una tasa igual o mayor que la del crecimiento poblacional. Y en el último año del kirchnerismo, es decir 2015, se creó bastante: el stock de trabajadores ocupados en empleos privados registrados creció un 1,9%.

Estos son los “datos objetivos y concretos” de los que hablaba Triaca, que deberían conducir a otro diagnóstico que quizás necesite medidas y políticas públicas diferentes. Si desde 2002 se crearon 3 millones de puestos bajo la actual institucionalidad laboral, con las leyes de trabajo vigentes, y si en ese período el empleo no registrado bajó del 48% al 33%, ¿será necesario avanzar en una revisión del marco regulatorio, por ejemplo mediante planes de flexibilización?

Despejada esta duda, pasemos al siguiente punto. ¿Estamos ante una situación de emergencia ocupacional, como argumentaron desde el peronismo a la hora de defender la ley de doble indemnización? El gobierno sostiene que no, que sólo estamos transitando la misma mediocridad de los últimos años. Los datos que llegan a la prensa son más drásticos. El informe de conflictos laborales de la consultora Tendencias Económicas de mayo de 2016, por ejemplo, sostiene: “Los despidos sumaron 139.396 trabajadores, nivel mayor en 48 veces al de los 4 primeros meses de 2015. De ese total, 99.247 ocurrieron en el sector privado, principalmente en la construcción, y 40.149 en el sector público nacional, provincial y municipal. Las suspensiones sumaron 38.101 y superaron en 3,3 veces a las de un año atrás, y los paros fueron mayores en 2,6 veces a los del primer cuatrimestre de 2015”. El CEPA, de simpatía kirchnerista, estima 154 mil despidos y suspensiones entre diciembre y abril.

¿Se condicen estos datos con los de otras fuentes? Sobre el empleo público la falta de información actualizada impide la comparación. Pero tampoco es sencillo con los datos de empleo privado: el SIPA y la EIL no informan sobre el número de despidos. Con SIPA se puede estimar que hay 26 mil empleos menos: es un valor neto, resultado de una creación y destrucción de empleo mucho mayor (puede ser, entonces, que haya habido 100 mil o más despidos, pero también hubo creación de puestos de trabajo que, en parte, lo compensaron). La EIL, que como señalamos es una encuesta oficial realizada en empresas, publica una tasa de despedidos respecto al stock de ocupados de 0,7% en promedio para el primer trimestre de 2016. Esto implicaría 66 mil despidos en un trimestre, 33 mil sin causa, 10 mil finalizaciones de contratos a prueba y 23 mil finalizaciones de obras en construcción. Pero los datos de la EIL sostienen que esto ocurre de manera semejante todos los años, es decir, es parte de la dinámica habitual del mercado de trabajo.

¿Por qué en un caso hay explosión y en el otro estabilidad? Sin duda requiere de un análisis y de disponibilidad de datos que exceden a esta nota, pero pueden plantearse algunas razones: hay cierto desfase entre los anuncios de despidos y su concreción en una liquidación final, lo que podría hacer que los informes de las consultoras y los medios se adelanten al SIPA. Los despidos habituales vinculados al fin de una obra de construcción antes no eran noticia porque otra obra absorbía ese empleo y eso hoy no ocurre. Y, en el caso de la EIL, hay zonas muy afectadas que no están dentro de su área de cobertura, que considera sólo empresas de más de diez empleados en solo ocho ciudades: por ejemplo las industrias de Tierra del Fuego, los petroleros del sur, los empleados de comercio de La Pampa y obreros de la construcción de todo el país.

También debe recordarse que hay otros posibles despidos o pérdidas de trabajo que no se cuentan por tratarse de empleo no registrado o cuentapropismo, sólo captable a través de encuestas a hogares. Ya suenan voces de alerta de algunos analistas y dirigentes sobre esta problemática, que advierten que el ajuste del consumo de los asalariados formales como consecuencia de la caída del salario real y la reasignación de gastos, por ejemplo de esparcimiento, está golpeando de lleno en la demanda de trabajo del sector informal.

¿Quién le teme al lobo feroz?

Analizados los números, nos detenemos ahora en uno de los sectores más golpeados, el empleo público, porque puede ilustrar algo del ideario macrista sobre el trabajo. Suele recurrirse, para describir el lugar que ocupan algunos funcionarios en sus áreas de competencia, a la metáfora del zorro en el gallinero, aunque respecto a los despidos de empleados estatales conviene apelar a otro cuento infantil. Los tres chanchitos hicieron tres casas: una de paja, otra de madera y otra de ladrillo. Los simpatizantes del macrismo –y, en el otro extremo, los críticos del kirchnerismo por izquierda– responsabilizan por los despidos a las condiciones de precariedad en la que se desempeñaban los empleados del Estado nacional, mediante facturas, convenios con universidades y contratos a término, con concursos convocados tardíamente (2). El kirchnerismo había construido casas de paja o de madera, pero no de ladrillo. El problema de este argumento es que olvida al lobo.

Porque, más allá de la precariedad, la verdadera cuestión es por qué el macrismo decidió despedir a miles de empleados públicos. ¿Por qué lo anunciaba orgulloso el ministro de Modernización? Había, en la visión del macrismo, tres grandes fantasmas: uno es el aumento de este tipo de empleo, otro es el incremento del gasto público y el último es el combo ñoqui-La Cámpora. Sin caer en visiones ingenuas, porque durante cambios de ministros, incluso del mismo partido, suele haber cambios de funcionarios y hasta de cuadros técnicos de confianza, lo cierto es que las formas usadas para identificar a estos “militantes políticos” fueron despreciables y, seguramente, ilegales.

Pero además, con esa excusa, legítima ante los ojos de muchos periodistas y buena parte de la opinión pública, se eliminaron áreas enteras con trabajadores de todo tipo y todo color político. Claramente molestaban más las tareas que se desarrollaban con parte de este empleo y el gasto público que implicaba que otro tipo de funciones, lo que remite a la ideología más amplia de cuál es el rol del Estado en la sociedad y en la economía.

De ideologías y de hechos

El kirchnerismo puso al trabajo en el corazón de su política económica y machacaba con la centralidad de instituciones laborales, el empleo en blanco con aportes y contribuciones. Los salarios eran vistos como una variable clave para dinamizar la demanda interna y enviar señales de inversión a los empresarios. Carlos Tomada, por doce años ministro de Trabajo, destacaba que las mejoras del mercado laboral permitían abandonar la idea de que “cualquier trabajo” era bueno. Se podía entonces buscar, exigir o luchar por mejores condiciones y salarios. Los datos muestran el incremento del empleo registrado en distintos colectivos laborales, nuevas leyes con derechos, mejoras del salario real y, como contracara, la persistencia de elevados niveles de empleo asalariado no registrado y cuentapropismo informal. Los datos de distintas encuestas, oficiales o privadas, sitúan en un tercio de los asalariados el primer problema y en más de la mitad de los ocupados el segundo.

Frente a esta realidad de avances y temas pendientes, el macrismo pone el foco en las debilidades del mercado de trabajo heredado, acusa al kirchnerismo de haberle dado la espalda a la informalidad, propone crear empleo de calificación media y baja con la obra pública y fantasea con empleos hipercalificados en sectores de punta y alta productividad. Como quedó demostrado en los noventa, el liberalismo considera al costo laboral argentino como altísimo y está dispuesto a ayudar a los empresarios a bajarlo mediante un camino sencillo: reducir aportes, desregular, flexibilizar. La propuesta de ley de primer empleo elaborada por el macrismo se basa en el primero de estos tópicos. Nuestro lobo se viste de cordero y habla de felicidad, de oportunidades para todos y de sacarle a cada uno el pie del Estado de encima para que pueda alcanzar sus sueños; el Estado como obstáculo más que como promotor o garante. Hoy sabemos que “para salir de la pobreza hay que crear trabajo”, y que para eso hay que crecer, y antes invertir, y previamente sincerar la economía: devaluación, baja de retenciones, aumento de los servicios públicos. El “sinceramiento” de tarifas, por ejemplo, ¿cuánto daño puede hacer a la producción y al empleo?

Pero estamos en Argentina, y existen actores políticos y sindicales que podrán hacerle notar que se trata de un camino sin salida. Hasta ahora, por una lectura pragmática de la correlación de fuerzas sociales, para no enfrentar a los sindicalistas o para no irritar a la sociedad, lo cierto es que el gobierno no ha propuesto iniciativas de flexibilización de la legislación laboral al estilo de los 90. Pese a ello, algunas señales son preocupantes: el trabajo que se quiere crear, ¿es, otra vez, cualquier trabajo? Los cinco mil puestos de McDonald’s con salarios por debajo del mínimo –4.500 pesos–, subsidiados por el Estado y anunciados en otra conferencia de prensa por Peña y Triaca, difícilmente ayuden a enfrentar la pobreza. Según la Dirección de Estadísticas de la Ciudad, un varón de 25 años dueño de su vivienda necesitaba en abril 5.044 pesos para no ser pobre (3): como es evidente, ninguno de los futuros trabajadores de McDonald’s podrá escaparle a la pobreza, y menos aun si no dispone de vivienda propia. Pero hay ideología y hay hechos, y quizás, chocando contra la realidad, este tipo de ideas vaya quedando en el camino. (ElDipló)

1. Télam, “El Gobierno presentó datos sobre empleo: ‘No hay una situación de emergencia’”, 25-4-16.
2. Aun así, por ejemplo, en el Ministerio de Trabajo, donde hubo más de 250 despidos, hubo tres grandes tandas de concursos, la primera en 2010 y la última en 2015. Como en todos los ministerios, se revisan esos concursos y en algunos casos, mientras tanto, se ha echado de su cargo precario actual a personas que habían concursado y ganado.
3. Se hace esta comparación porque la CABA publica canastas de 5 hogares típicos y no canastas por individuo. Si fuera un “matrimonio compuesto por una mujer y un varón, ambos de 35 años, activos, con dos hijos varones de 6 y 9 años y propietarios de la vivienda” el monto sería 14.771, si alquilan hay que agregar 3.527 pesos. Sin dejar de resaltar la importancia de estas estadísticas, nótese que, insólitamente, hablan de “matrimonios”, desconociendo no sólo la cambiante realidad social, sino sus propios datos que muestran que las uniones de hecho en la Ciudad son hoy la norma entre las parejas de personas de menos de 45 años.

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